Educación y protección ambiental en Cuba


Por Isbel Díaz Torres

imagesLa labor de educación y protección ambiental del sistema cubano después de 1959 ha estado caracterizada por una amplia institucionalización y centralización, lo que ha permitido abarcar un amplio espectro, piramidalmente estructurado desde las instancias centrales (nacionales) hasta las localidades.

Sin embargo, una mirada crítica dice que ha sido un modelo redundante en muchas ocasiones, y lo más grave es que en la práctica ha dejado fuera de su estructura la actividad ciudadana autónoma.Es por eso quelos casos de activismo ambiental en nuestra realidad siempre deben entenderse como excepciones de la regla.

Por lo general, la población cubana asume una actitud pasivamente “a favor” del medio ambiente, como resultado de la propaganda estatal, con su discurso aleccionador, didáctico y siempre autocomplaciente para con la realidad nacional; e hipercrítico para los contextos foráneos (siempre que no sean naciones aliadas).

Por otra parte, la ciencia cubana y sus instituciones, al servicio de programas estatales también definidos en instancias ajenas a las comunidades, han demostrado ser insuficientes para la protección del medio ambiente en la isla.

Agresivos programas agroforestales, turísticos y energéticos se desarrollan en la nación, mientras los escasos ambientalistas permanecemos desconectados entre nosotros, lamentándonos por la invencible maquinaria estatal que implementa programas de desarrollo inconsultamente.

Desde una perspectiva institucional,no obstante, se debe reconocer que el Ministerio de Ciencia, Tecnología y Medio Ambiente ha insistido en el desarrollo de políticas de Educación Ambiental que, aunque inefectivas, han generado trabajos e investigaciones de utilidad, si el Estado se animara a implementarlas.

También el sistema cubano de educación posee una “Estrategia Nacional de Educación Ambiental”, documento rector de casi nula aplicación en la práctica.

La introducción de la dimensión ambiental en los programas de disciplinas y asignaturas es uno de los problemas que durante años el mismo sistema ha reconocido, sobre todo a nivel de Educación Superior, y en particular la formación de profesores.

En la práctica, la enseñanza primaria, secundaria y media-superior, ofrecen un enfoque en exceso didáctico, y se potencia un estudiante que pueda “amar” la naturaleza como un elemento ajeno y abstracto. Nada de enfoques holísticos ni participativos.

Así, elementos como la flora y la fauna cubanas son edulcorados, y de paso desasociados de las realidades político-económicas donde perviven. Por supuesto, esta práctica de mostrar las bellezas de la naturaleza viene acompañado del tradicional discurso apologista sobre lo benigno de la situación ambiental cubana.

Por lo general, no se ofrece ni un solo elemento crítico acerca de las dificultades que afrontan nuestros ecosistemas. Si se requiere hablar de la contaminación de ríos y mares, o dela atmósfera, o de la deforestación; se hace utilizando imágenes foráneas, nunca relacionadas a la realidad nacional.

Por su parte, en la Enseñanza Superior la introducción de la dimensión ambiental se ha iniciado ligeramente en unas pocas carreras y disciplinas, y es asociada a investigaciones relacionadas con los recursos naturales fundamentales, siendo desarrollada por escasos docentes sin llegar a ser prioridad de la política institucional.

Un fin utilitarista domina la visión que se tiene sobre la naturaleza a este nivel. De tal modo, ni siquiera en la Facultad de Biología de La Habana, donde se forman los ecólogos que después trabajarán por la naturaleza, se promueve un pensamiento o sensibilidad ecologista.

El ecologismo o ambientalismo es visto muchas veces como una moda pequeñoburguesa a la que pueden darse el lujo los países ricos. Según esa visión, el fin de la ciencia es colmar las expectativas desarrollistas del ser humano; no se concibe una postura de respeto a la Naturaleza per se.

Finalmente, después de recorrer aproximadamente 15 años en el sistema de enseñanza cubano, los estudiantes salen sin conocer los principales retos ambientales de su país; y mucho menos sintiéndose parte de la solución que se necesita.

No obstante, la crisis de los 90 significó una pequeña apertura al asociacionismo en la isla, permitiendo el surgimiento de algunas ONGs ambientalistas, así como el desarrollo de proyectos de incidencia social y comunitaria que de alguna manera se acercaron a los problemas ecológicos que proliferaban en Cuba.

Esa es otra de las razones por las que el tema ambiental no es ajeno al público cubano, sobre todo aquellas problemáticas que inciden directamente en las personas: tratamiento de residuos, acceso al agua potable, escases de lluvias, ruido, contaminación del aire en zonas urbanas, entre otros.

Y no solo que no le es ajeno, sino que posee una cierta sensibilidad hacia estas cuestiones, aunque en la práctica casi nunca se traduce en actividades concreta de educación o protección ambiental.

Por demás, Cuba es parte hoy de más de 90 tratados internacionales, globales, regionales y bilaterales, convencionales y no convencionales.De acuerdo con el Código Civil vigente, pensaríamos que cuando un país es parte de un tratado o acuerdo internacional, éste forma parte del derecho interno de esa nación, y tiene prevalencia sobre la ley nacional.

Sin embargo, la práctica cotidiana nos dice que las políticas en Cuba no se trazan con las leyes por delante, sino mirando fijamente las demandas económicas del país, y de sus élites.

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