Espacios públicos y sanidad ambiental en Cuba


Por Alexánder Londres

Hablar de higiene, de sanidad, en ambientes públicos en Cuba, ya resulta un tanto recurrente, así como lo es hacer referencia a los servicios comunales, y particularmente a la basura, un tópico aparentemente agotado, sobre todo en La Habana, objeto de incontables análisis.

La basura en las calles, las bolsas de desechos domésticos en las aceras, son todavía una verdad cotidiana que nos golpea en el rostro, nos impacta la nariz, y que se convierte en obstáculo de tropiezo para nuestros pasos. Pero, no obstante, ese no es el tema de este texto que, por cierto, tampoco trata de algo nuevo.

Para empezar, dos preguntas: ¿Qué pasa fuera de la capital, e incluso en ella, con otros aspectos que también forman parte de los servicios a la comunidad, y que tributan a la sanidad ambiental, más allá de las aguas residuales y la basura? ¿Qué sucede con los baños públicos, por ejemplo?

Hace poco leía un comentario, que criticaba la conducta de algunas personas -hombres, sobre todo- que orinan sin miramientos en cualquier sitio oscuro, tras un árbol o un poste, en una esquina, a la entrada de una casa u otro edificio. En la publicación, el autor exponía razones suficientes para recriminar tal práctica, sin embargo, perdía de vista el análisis de un elemento que, a mí entender, es crucial para tener una visión panorámica del fenómeno: la insuficiencia de los servicios sanitarios para uso público en nuestras ciudades.

Imaginémonos en uno de esos días de malestar estomacal y de inevitable salida lejos de casa; o pensemos en aquellos (sin distinción de género) que, ya sea por su poca, su avanzada edad o por alguna condición de salud en particular, no pueden “aguantar los deseos” ante  urgencias excretoras.

¿Qué hacer cuando no aparece el lugar adecuado y dedicado para aliviar la vejiga y/o el intestino? ¿La solución seguirá siendo pedir favores a la vecindad, o “un permisito” para hacer uso del sanitario en empresas o instituciones radicadas en el lugar del “apuro”, si es que estas tienen baños aptos para el uso, si no son solo para empleados y, por último, si aparece quien guarda la llave?

La respuesta ante esta interrogante, debería ser no. ¿Pero, en la práctica, es no?

¿Hay alguna proyección, aunque sea a largo plazo, para cambiar tal realidad, además de las acciones punitivas acometidas por los inspectores y agentes del orden sobre quienes hacen sus necesidades fisiológicas en espacios públicos? ¿Se toman medidas suficientes con las administraciones de establecimientos comerciales, cafeterías y demás instalaciones donde se prestan servicios gastronómicos, cuyos baños están clausurados o permanecen en las peores condiciones posibles?

Visto hasta aquí, algún reacio funcionario justificador -que no enarbole como argumento recurrente la crisis económica que afecta al país-  podría aducir que los citados únicamente son casos aislados o determinados por circunstancias excepcionales, que afectan a relativamente pocos individuos.

Habría entonces que sacar a colación el hecho de que Cuba -que para el año 2025 tendrá al 25 % de sus habitantes en la tercera edad- se ubica entre los países más envejecidos de América Latina y, por tanto, es apremiante subrayar en la agenda estatal la toma de medidas encaminadas a mejorar la vida social de una población en vías de añejamiento acelerado.

Teniendo en cuenta lo frecuentes que son en esa última etapa de la vida las incontinencias (anal y vesical), la habilitación de una mayor cantidad de baños en espacios urbanos de uso público, está entre los elementos cruciales.

Otra evidencia contundente de la relevancia del asunto la vivimos -o sufrimos- un sinnúmero de cubanos (y cubanas, por supuesto) durante la celebración de fiestas populares y carnavales en cualquier parte del país.

¿Quién que se haya animado a participar “activamente” de esas jornadas festivas donde la cerveza en pipas es el más popular y demandado bebestible, no se ha visto apremiado a deshacerse del exceso de líquido? Llegado ese momento, ¿dónde hacerlo si las facilidades sanitarias temporales no existen, no son funcionales o son insuficientes?

A unos cuantos varones, unas veces a su pesar, otras por el (mal) hábito, no les queda más que, pudor aparte, arrimarse a una pared o camuflarse en la primera penumbra disponible, para “liberar” los desechos corporales. Las mujeres, por su parte, tienen la situación bastante más difícil, con su más recatado comportamiento social, que no les permite “hacerlo” en cualquier lugar, y hasta corren riesgo físico al intentarlo.

Consecuencia de esa “descarga” de residuales humanos, la incómoda circunstancia del mal olor por todas partes durante los días de duración del jolgorio. El entorno enrarecido en los espacios que acogen los festejos, y a fin de cuenta, el malestar experimentado por los transeúntes y los vecinos del lugar, expuestos a los peligros potenciales de un ambiente insalubre.

Ante la común repetición de este escenario por toda la Isla, se impone preguntar, además: ¿los gobiernos locales no consideran importante el hecho de que la Organización Mundial de la Salud (OMS) alegue que un saneamiento deficiente va asociado a la transmisión de enfermedades como el cólera, la diarrea, la disentería, la hepatitis A, la fiebre tifoidea y la poliomielitis? ¿O que, según datos de ese organismo internacional, cada año podría evitarse a nivel mundial la muerte de 1,7 millones de menores de cinco años y de 4,9 millones de adultos de entre 50 y 75 años con una mejor gestión del medio ambiente, aspecto en el cual la higiene es factor de riesgo determinante?

Replantearse la planificación urbanística en Cuba, desde el planeamiento y la concreción de estrategias más efectivas que contribuyan a mejorar las condiciones de y para el saneamiento público, es primordial para alcanzar el ansiado confort y bienestar requerido por la sociedad contemporánea, y asimismo cumplir con sus objetivos de desarrollo.

Todo esto asumido no como tarea de choque, sino como parte de un proceso de proyección para el futuro, que implica control riguroso y exigencia, que demanda de los decisores la toma inminente de cartas en la cuestión.

Definitivamente la permanencia y proliferación de espacios urbanos faltos de higiene tiene una importante cuota de indisciplina social. Pero ¿de qué valen las multas, las acciones ejemplarizantes, si no logran su objetivo?

Zanjar la continuidad de los hechos, prevenir que otros se sumen a la práctica es primordial, y un acto que, sin duda, corresponde a las autoridades competentes de cada localidad; pero también lo es el proveer las condiciones materiales para trabajar con firmeza y constancia en la erradicación del problema. Esa es la parte que muchas ocasiones se obvia, o se observa de soslayo. Es ahí donde la archiconocida frase “Higiene es Salud” tomaría su valor, para dejar de ser un simple lema rotulado en los murales de instituciones sanitarias.

Publicado en Havana Times

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