Cambiar las cosas en Cuba: ¿Leyes, auto-organización social, o ambas?


Por Dmitri Prieto Samsónov

Hace unos días, me enteré, como much@s, del horrible “incidente” de Manzanillo, donde una pandilla de [pre]adolescentes dio fuego a un cachorro de perro doméstico (Canis lupus familiaris) hasta hacerlo morir. El corazón se me llena de ira e impotencia con sólo imaginar el dolor sufrido por el perrito, y la indolencia perversa, indigna, de quienes observaron tal acto y además lo filmaron y lo subieron al internet: jóvenes y adulto/as por igual. Y me da vergüenza: uno se pregunta cómo rayos en el entorno inmediato de esa gente no había nadie que parara el descaro de esa inútil y trastornada crueldad; o es que ya no hay personas que se atrevan a decir palabra o a actuar con fuerza contra lo elementalmente imposible de imaginar hace sólo algunos días. La indolencia nos ha robado a Cuba. Porque nos la hemos dejado robar por ella.

Valerosas gentes, harina de otro costal, desafiando la indiferencia y la vigilante y panóptica intimidación de quienes insolentemente se hacen los que aún dizque gobiernan, se reunieron entonces en el habanero parque del Quijote a recoger firmas por una Ley contra la crueldad hacia los animales. Quijotes admirables de estos tiempos –en el mejor sentido de la palabra- aspiran a cambiar las cosas en tan delicado asunto, una vez dado a la publicidad el desafiante acto de la masacre.

Es una excelente y egregia actitud, y la apoyo con todo mi corazón. Proponer leyes es, más que un derecho, una necesidad, función y misión cívica. Y conozco de ese proyecto de Ley, ya hace tiempo promovido por la Asociación Aniplant, en cuyo apoyo han dado sus firmas incluso algunos dignos Diputados de la Asamblea Nacional (lo cual no deja de ser un sinsentido jurídico, pues cualquier Diputado/a posee investidura constitucional para poner ese Proyecto que apoya directamente a consideración de la Asamblea, sin mediar ninguna recogida de firmas).

Y hay también otros proyectos legislativos siendo reclamados para su convalidación popular: el nuevo Código de Familia, que ampararía legalmente las uniones del mismo sexo; la propuesta Ley del Cine, y la de los Medios de Comunicación, Ley de Reciclaje, Ley de Aguas, entre otros. Se habla incluso de una nueva Ley Electoral.

Y acá es donde me entra la duda: no cuestiono la necesidad de cambios en todos esos ámbitos, pero – ¿no hay ya suficientes leyes buenas, que no se cumplen? ¿es la ley garantía del cambio al que se aspira? ¿puede funcionar el “derecho sustantivo” de la Ley si no se le acompaña con el correspondiente derecho adjetivo, es decir, el sistema de modos por las que quienes estén en situación de derechos vulnerados puedan reclamar la justicia?

Más que en la Ley, confío en el movimiento social. No quiero oponerme a las propuestas mencionadas de leyes, porque se trata de acciones que promueven la autonomía por el simple hecho de hacerse; pero si la gente por sí mismas pueden proponer qué derechos y deberes se han de tener, ello significa que esa misma gente pueden, de manera ordenada y auto-organizada, tornarse en semilla de un movimiento social que cambie las cosas.

Y es que un movimiento social puede mucho, aun cuando no haya leyes; pero las leyes sin movimiento social no son nada.

Será sin dudas un movimiento imparable, que a quienes portan nombres de los cuales no quiero acordarme les hará sentir en cabeza propia el dolor que tan vergonzosamente han aprendido a causar.

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