Mares albañales (fotorreportaje)


Por Pedro Manuel Gonnzález Reinoso

Vertedero en Bahía de Buenavista (Caibarién)

La Bahía de Buenavista, entre Villa Clara y Santi Spíritus, exhibe una polución innata, como otras muchas en el país. El peso específico del agua salada permite demostrarlo en las acumulaciones podridas con olores peculiares provenientes de sus márgenes.

Los complejos industriales (Chiquitico Fabregat, Heriberto Duquezne, etc.) descargan los detritus de sus producciones en los ríos que allí desembocan. También las aguas albañales de los bateyes locales son enviadas a los mares cuasi purificadores.

El peligro de caer y ahogarse o el de morir de una infección irreversible

Las casas construidas desde mediados del siglo XVIII a la vera de toda fuente acuífera, carecían de fosas comunes para albergar la mierda; al igual que los complejos e instalaciones turísticas y de recreo del pasado siglo que todavía hoy funcionan en municipios costeros grandes como Caibarién, Yaguajay y otros. (ver galería al final del texto)

Las zanjas públicas y las alcantarillas que no solo arrastran aguas fluviales, no revelan la multitud de fosas que alivian en ellas camino al mar. Y cuando llueve, es la hecatombe con las calles desbordadas.

Entrevistados trabajadores y habitantes de las zonas (porque los directivos no emiten palabra inteligible con razón), la mayoría desconocía que, por debajo de sus recintos, unos tubos ocultos llevan a varios metros mar adentro, su carga infectante.

De niño recuerdo que apodaban a toda la pesca que de la bahía se extraía como “chopas mojoneras”.  Y el asco afloraba, naturalmente, pues desde siempre los puestos de minutas y fritas se nutrían de esas oscuras capturas.

Aunque las prohibiciones marineras no aclaran otra cosa que el propósito de “preservar los fondos marinos liquidando el arrastre de pesca que emplea tarrayas y nasas”, está implícito que la afectación a la salud de los consumidores por toxicidades queda fuera de tal prerrogativa.

Y la gente de la zona centro-norte, como en toda la isla, sobrevive de la caza furtiva que quebranta la Ley y sigue consumiendo peces como sea.

Los biólogos y autoridades del sector que no accedieron a dar datos sobre índices de polución, explicablemente, mostraron un mohín terrorífico ante las preguntas de El Guardabosques. Saben que, de hablar, se les acaba la comida.

Jamás la prensa oficial ha cubierto tema semejante en sus espacios y se intuye que no lo hará, a menos que estalle un escándalo ecológico o que algún turista extranjero muera de exceso de “albañalidad”, o se quede ciego chocando en sus inmersiones con una mole de heces petrificadas.

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