Una nueva era en lo que le hacemos al planeta – ¿Noosfera, Antropoceno, o…? (I)


Por Dmitri Prieto Samsónov

Cuesta trabajo a veces darnos cuenta cuán profundos son los cambios –o heridas- que hemos ocasionado como especie en nuestro planeta. Para ello, nada mejor que ver las cosas en larga duración: observar, en perspectiva histórica, geológica y paleontológica, cómo han ocurrido grandes transformaciones sobre la superficie terrestre, debidas a la presencia de determinadas especies vivas, y en qué medida lo que le hacemos al planeta es comparable –o no- con los efectos de esas otras formas biológicas más antiguas.

Y –después de hacer un análisis de ese tipo- hace sólo unos meses, una importante comisión científica internacional propuso que en las últimas décadas la Tierra entró en una nueva época, que propusieron denominar Antropoceno.

Lo más irónico, sin embargo, es que el ser humano no es la especie cuyos restos fósiles marcan los sedimentos geológicos antropocénicos. Esa especie es bien distinta a nosotros, pero antes de decir cuál es, quiero indagar un poco en la historia del problema.

Antiguos cambios planetarios

Cambios rotundos en la estructura química de las capas más superficiales que componen nuestro Planeta (litósfera, hidrósfera y atmósfera, así como la biosfera en su conjunto, y los suelos) han ocurrido en otras épocas geológicas.

Mencionaré sólo dos:

  • la formación de una atmósfera de nitrógeno y oxígeno (oxidante) que sustituyó a la primera (reductora) que tuvo nuestro planeta, y se debió a la aparición de formas vivas que tenían clorofila y fotosíntesis, y así liberaron el oxígeno molecular, que sigue ahí, el cual modificó todo el concepto de lo que era la vida hasta entonces, haciendo posible la existencia de animales y de un formidable escudo contra radiaciones, como la capa de ozono;
  • la producción de sedimentos ricos en calcio, de donde sale el mármol metamórfico y muchas de nuestras rocas, fruto de la acción de minúsculos organismos acuáticos que donan sus caparazones a tal empresa.

El científico soviético Vladimir Vernadski (1863-1945), generalizando tales hechos, se dio cuenta de que la vida es un fenómeno de interés geológico, incluso cuando una biomasa formada por millones de saltamontes se desliza a ras de los trigales: su sólo contenido en toneladas da testimonio de su importancia.

Parece hoy una idea trivial, pero en su tiempo las fuerzas geológicas eran vistas como predominantemente producto de la materia inerte, no viva. La idea de Vernadsky cobró publicidad en una palabra que él mismo popularizó: biosfera.

¿Una esfera de intelecto planetaria?

Durante la trágica Segunda Guerra Mundial, Vernadsky decidió ampliar su noción de biosfera para considerar los efectos específicos de la presencia humana; pero no la de cualquier humano: él quería concebir una situación del Planeta donde el entorno de la vida fuese regido por la fuerza del intelecto humano racional (es decir, por personas razonables).

Para esa nueva etapa –que creyó ver emergiendo en plena guerra, cuando, según su opinión, la victoria de la razón humana sobre el desatino estaba conduciendo a un mundo geológicamente regido por ella- Vernadsky adoptó el término “noosfera”: la esfera del intelecto.

Escribió: “El proceso geológico evolutivo se corresponde con la unidad biológica e igualdad de todos los seres humanos: Homo sapiens… de razas blancas, rojas, amarillas y negras… en innumerables generaciones. Es una ley de la naturaleza… al final vence quien sigue esa ley. No es posible ir impunemente contra el principio de la unidad de todos los seres humanos como ley natural… El proceso histórico está cambiando radicalmente ante nosotros. Por vez primera en la historia de la humanidad los intereses de las masas populares, por un lado, y del libre pensamiento de cada persona, por el otro, determinan la vida de la humanidad y son medida de sus representaciones sobre la justicia. La humanidad, en su conjunto, se convierte en poderosa fuerza geológica. Y frente a ella, frente a su pensamiento y su trabajo, aparece la cuestión de la reestructuración de la biosfera en interés de la humanidad que practica el pensamiento libre, constituida en una unidad. Este nuevo estado de la biosfera… es la noosfera.”

Vernadsky confió que el mundo entraba en su fase noosférica, y que muy pronto la humanidad saldría al espacio cósmico. Nuestra especie regiría el planeta según principios racionales. El científico murió poco antes de la derrota alemana; le faltaron unos meses de vida para ser testigo en la distancia de los bombazos nucleares en Hiroshima y Nagasaki, y de la continuación de las irracionales represalias estalinistas.

A él, optimista de la razón humana, esas explosiones genocidas seguramente lo habrían devastado, o bien le habrían inducido a un corajudo cambio de opinión: obviamente, la civilización del Homo sapiens no se estaba encaminando por un camino demasiado racional (“noosférico”) en su gestión del Planeta.

Continuará…

 

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