Resucita Cuba el fantasma de la voluntad hidráulica


Por Isbel Díaz Torres

El nuevo Plan del Estado para el enfrentamiento al Cambio Climático pretende retomar una de las experiencias más nefastas del voluntarismo ¿comunista? del siglo XX: la voluntad hidráulica.

Bajo el infantil nombre de Tarea Vida, el Ministerio de Ciencia, Tecnología y Medio Ambiente (Citma) ha presentado al Gobierno un ambicioso programa con aciertos y desaciertos, de los que estaremos hablando en futuras entregas, pero donde destaca de manera especial el tratamiento a los recursos hídricos en Cuba.

Según fuentes oficiales cubanas, el 30% del agua (unos 240 millones de litros) que demanda el país anualmente, proviene de fuentes subterráneas.

Esos mismos especialistas coinciden en que por ser Cuba un archipiélago largo y estrecho, sus cuencas son abiertas al mar, y cuando baja el nivel de los acuíferos, sucede un fenómeno conocido como intrusión salina. De ese modo el agua salada, más densa, se introduce desde el mar hacia los acuíferos bajo tierra firme, contaminando las fuentes de agua potable que antes estaban disponibles.

Cada año, este fenómeno afecta más seriamente a Cuba, que vive una casi crónica sequía, agravada por un sistema de almacenamiento y distribución severamente colapsado. La gran rotura hace unas semanas en una de las conductoras principales de la capital, es solo un ejemplo.

Pero en esta entrega quiero enfocarme no ya en la distribución del líquido, sino en su colecta y almacenamiento.

Y es que aquella funesta experiencia iniciada por Fidel Castro en 1962, hoy se intenta retomar. Que conste que digo funesta, no por las intenciones de proveer a la población, la agricultura y la industria de suficiente agua para su desarrollo, sino por la mirada festinada y a corto plazo que tenía el entonces presidente cubano sobre el tema.

“Construir obras hidráulicas – decía en 1963 – hasta el día en que aquí no se escape al mar una gota. ¡El Mar no podrá contar con una sola gota de agua dulce que caiga aquí en la tierra del país! ¡Tenemos que llegar al día en el que no perdamos una gota!”. Y en 1964 seguía:

“Y que ojalá que para esa fecha haya por lo menos un río cortado, un río menos para inundar nuestras tierras y arrancar vidas de nuestros compatriotas, y que cada año sean más y más los que ustedes represen, hasta que no quede ni un arroyito sin represar, hasta que no se cumpla el propósito de que ni una sola gota de agua se vaya al mar, que esa es la gran meta de esta organización, ese es el objetivo final”.

Y un poco más delante decía: “porque aquí hablamos de que cuando hayamos terminado de represar todos los ríos y utilizar todo nuestro manto freático, habremos llegado a un 20% de las tierras; entonces después nos pondremos a inventar cómo regar también el 80% de las tierras restantes”.

Era alucinante aquella mentalidad desarrollista, que trajo como consecuencia la construcción de innumerables represas que impedían la llegada de los ríos al mar, con los subsecuentes efectos sobre la vegetación y fauna presa abajo, sobre los acuíferos costeros y su salinización, y también sobre la vegetación y fauna marina en nuestra plataforma.

Uno de los casos más funestos fue lo sucedido con la cuenca del río Cauto, el más caudaloso del país. Decía Fidel en 1964: “Creo que no debemos parar hasta que no hagamos una represita en el último arroyito de toda aquella región”, refiriéndose a la cuenca del Cauto.

Tiempo después lo que se logró allí fueron “aguas fuertemente contaminadas y salinizadas, riberas deforestadas, suelos erosionados y extensos páramos salinos”, según palabras de Eudel Cepero. La deforestación allí condujo a un aumento del índice de evaporación y la aceleración de erosión de las riveras. Las aguas llegaron a salinizarse a 62 Km antes de llegar a la desembocadura, y “para colmo, en su curso final, el río corre al revés, pues el gasto natural debe ser de cinco metros cúbicos por segundo, y dado el represamiento es solo de dos”, nos cuenta Cepero.

El excesivo represamiento de la cuenca por embalses como el de Cauto-El Paso, son reconocidos entre las principales causas de esa situación. No obstante, ni la experiencia ni la evidencia científica pueden más que el voluntarismo de nuestros burócratas.

Este 19 de mayo la actual ministra del Citma volvió a repetir el viejo lema a los funcionarios en Sancti Spíritus: “En este caso, la prioridad es recuperar las cuencas, los diques, el agua salobre donde esté: no dejar que el agua vaya al mar”.

También el proyecto de Ley  de Aguas Terrestres que debió aprobarse el pasado diciembre, y misteriosamente desapareció del plan del Parlamento, es una amenaza para los ecosistemas, pues coloca el “caudal ecológico” en séptimo lugar, en el orden de prioridades del uso de las aguas terrestres. Este caudal ecológico es vital, pues se refiere al gasto aguas abajo de las presas y derivadores, necesario para mantener las funciones ecosistémicas de la corriente y las condiciones de la biodiversidad.

Es tal el efecto de las represas, que sus críticos aseveran que los beneficios valen menos que los costos sociales, ambientales y económicos que traen aparejados. Estos efectos tienen impactos directos para los suelos, la vegetación, la fauna, el clima, y, especialmente, para las poblaciones humanas del área. Al represar un río se cambia profundamente la hidrología y limnología del sistema fluvial. Se producen cambios dramáticos en el flujo, la calidad, cantidad y uso del agua, los organismos bióticos y la sedimentación de la cuenca del río, e incluyen variaciones en el nivel freático aguas abajo del reservorio, y problemas de salinización.

En 1968 Fidel Castro, durante en la inauguración de una represa, decía “la naturaleza sigue sus leyes físicas o biológicas, no sigue las leyes de la voluntad del hombre. El hombre debe luchar con la naturaleza para imponerle su voluntad, para imponerle sus leyes”.

Esta lógica de imposición, de desconocer los ciclos naturales y sus mecanismos, parece ser una de las características de la irónicamente llamada Tarea Vida, más interesada en los lineamientos del Partido y el desarrollo económico a corto plazo, que en atenuar los impactos del Cambios Climático.

Publicado en http://www.havanatimes.org/sp/?p=124418

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