La anacagüita que nunca fue


Por Isbel Díaz Torres

Un nuevo árbol crece en nuestra ciudad, producto del trabajo de nuestro colectivo El Guardabosques. Para concluir el primer semestre de 2017, dando inicio a un más caluroso verano, y celebrando el cumpleaños de una de nuestras jóvenes activistas, nos reunimos el pasado 30 de junio para realizar la siembra de un arbolito.

Veintidos personas, sensibilizadas con la naturaleza y preocupadas por la silenciosa deforestación que vive La Habana, acudieron a nuestro llamado. Aprovechamos la oportunidad también para hacer la presentación de nuestro boletín correspondiente al mes de junio, y distribuirlo.

La anacagüita (Sterculia apetala) es un árbol de gran tamaño oriundo de América Central y norte de Sudamérica, de tronco recto ramificado a gran altura y que se encuentra ampliamente distribuido desde México hasta Venezuela, Colombia y en las Antillas.

Es el árbol nacional de Panamá, donde se le conoce como árbol panamá, y es el árbol emblemático del Estado Carabobo, en Venezuela. En Colombia se le conoce como camaruca,y en areas de la costa norte también se le conoce con el nombre de camajorú. En Cuba, se le llama por el nombre mexicano de anacahuita o anacagüita, aunque también en el sureste de México se le conoce como castaño y a su fruto como castaña.

Se trata de una especie de raíces profundas y de vida larga. El tronco es recto y desarrolla a menudo, sobre todo cuando es de gran tamaño, unos contrafuertes que le sirven de apoyo y soporte necesarios por su corpulencia, ya que llega a medir de 25 hasta unos 50 m de altura.

Siendo un árbol de gran desarrollo y de hojas grandes se usa en casi toda Cuba para sombra. La madera es suave y con bajo valor para la industria silvicultora (por suerte). Las flores no son vistosas, de suave olor parecido al del saúco, se usan como expectorantes. Algunas personas comen sus frutos, parecidos a las semillas del maní, pues el sabor es excelente, similar a los pistachos.

Pero sucede (y así pasa con mucha frecuencia), que ¡lo que sembramos en realidad no fue una anacagüita! Ese fue el nombre que me dijeron en el vivero, y yo repetí de manera automática. En relidad se trataba de una postura de ceiba.

Muchas personas confunden a la ceiba con la anacagüita, dadas las carácterísticas similares del tronco, de color grisáceo, corteza lisa y dura, y gran corpulencia. Para diferenciar ambas especies lo mejor es fijarnos en las hojas. Mientras la ceiba posee hojas palmaticompuestas (como nuestras manos, con una cantidad de foliolos que varía de 5 a 9, todos bien separados); la anacagüita posee hojas acorazonadas, mucho más grandes, y cuando son jóvenes presentan la cara inferior cubiertas por una capa aterciopelada. También es posible distinguirlas por el tronco, pues las ceibas por lo general poseen poderosos aguijones en sus troncos y ramas, sobre todo cuando no son tan antiguas.

La postura, en este caso, carecía de aguijones, y además, estaba un poco marchita, por lo que logró confundirme, a pesar de que vengo cultivando ceibas hace diez años.

De modo que seguimos reforestando la isla; otro modo de combatir el cambio climático, pero sobre todo, un modo de aunar voluntades, espíritus libres y rebeldes, a favor de nuestro entorno.

Como recomendación, nunca repitamos nada automáticamente: podríamos confundir cosas peores que una ceiba y una anacagüita.

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