La sequía que nos golpea


Por Rachel D. Rojas

Seis de la tarde en el edificio multifamiliar. El sonido de background, siempre tan diverso, se hace cada más reconocible y homogéneo cuando el motor de agua (bombas hidráulicas o electrobombas) es activado. Mientras alguien sintoniza el concierto especial, el clásico o la guaracha popular en la programación de verano de la televisión cubana, otra función libre de costo y sin grandes coberturas de prensa comienza cuando los vecinos recolectan su agua.

Cuando hace unas semanas se afectó (más de lo normal) el abastecimiento de agua a la población a causa de la rotura de algunas tuberías, los esfuerzos colectivos, en edificios y comunidades, se hicieron más intensos. Ya no era el normal cacareo: “Pusieron el agua”, “prendan el motor”, “lléname esos cubos, mijito”, “tira la manguera”…; ahora se podía escuchar cientos de voces como en gigante y colectiva coreografía, vociferando la necesidad acumulada, y ahora amplificada. Ya sabemos que sin agua no se puede vivir.

En las noticias televisadas al respecto, el funcionario decía que el mantenimiento de las tuberías averiadas sí estaba previsto en el plan de acciones del Instituto Nacional Hidráulico. Luego dijo que las tuberías tenían 60 años de explotación. Creo que fue algún colega quien me comentó entonces, bromeando, que el problema era que el mantenimiento había sido programado para conmemorar el centenario de uso.

La aguda sequía que sufre la Isla y su población no es noticia. Pero quizás las dimensiones reales del problema no han sido explicadas públicamente para concientizar a la gente sobre su gravedad. Los más humildes, los más desposeídos, sí que lo saben ya.

Aquellos que en el campo ven morir o enfermar a sus animales, los que ven que los cultivos no se desarrollan o producen ni el 50 por ciento de lo deberían, lo saben. Las personas que llevan años pagando a los choferes de las pipas de agua “por la izquierda” para que llene sus particulares cisternas, también. Y los carretilleros de agua, en las zonas más intrincadas del país, que recorren largas distancias con sus mulas y recipientes que llenaron en algún pozo para venderlos a quienes no pueden ir por sí mismos. Y los que, al menos en La Habana, compran agua filtrada a 15 pesos cubanos por 5 litros. Y los que, en pleno Centro Habana, con un promedio de derrumbes diarios de más de un 2 por ciento, saben que luego de llenar los tanques parte de esa agua comienza a escapar de las tuberías centenarias y a filtrar techos y paredes, y recolectan cada gota en jarros y palanganas. Todas esas personas lo saben bien.

Los que parecen no saberlo o padecerlo son quienes desperdician al agua. Al turista que se detiene a hacer fotos de los vecinos cargando cubos de agua luego de sus jornadas de trabajo, no le faltará agua en su hotel, aunque haya habido una rotura que afectó a casi toda la población de La Habana. Al que se queda en un apartamento o habitación rentada a través de Airbnb, tampoco. Esos no lo saben. Ni los que dejan las pilas abiertas durante minutos mientras friegan unos pocos platos, ni los que pueden ducharse sin límites, todo el tiempo que demande este calor abominable, ni los que ensucian más los ríos, ni los que permiten que sus empresas viertan desechos en ellos y terminen por contaminar nuestro manto freático. Esos, parece, no lo saben tampoco.

Pero lo cierto es que, según la Oficina Nacional de Estadísticas (ONEI), cuyas últimas cifras disponibles son de 2015, la situación ha ido empeorando con los años. “Al cierre del 2015 se entregan 1 764 millones de metros cúbicos de menos, por no disponibilidad en las fuentes, en su mayoría superficial”, aclara la institución en una de sus tablas.

grafico-agua

La ONEI también publica datos sobre la población con y sin acceso a agua potable, pero solo entre los años 2009 y 2014. El número de personas que no pueden acceder a este recurso se incrementó en esos tres años de 5,5 a un 7,7 por ciento en 2011 y luego descendió hasta un 4,8 por ciento. Eso significa que en 2014 había 539 mil 472 personas sin acceso a agua potable en Cuba. Y si la situación no ha hecho más que empeorar, como se ha evidenciado en la cobertura de prensa sobre el tema, ese número debe ser mucho mayor en 2017.

Los vecinos de uno de los edificios multifamiliares en Centro Habana, todos tan colaborativos cuando está entrando el agua, no saben mucho de estas cifras. Tampoco necesitan tantos detalles, porque ellos son los detalles en sus propias coyunturas. Muchas de las posibles soluciones para este problema sobrepasan el rango de acción posible para estos vecinos. Son los gobiernos, desde las localidades y hasta nivel de país, los que deben tomas las riendas.

Por lo pronto, en nuestras manos sí está la posibilidad de proteger y ahorrar el agua, de modo que, aunque en una menor escala, se pueda distribuir mejor lo poco que tenemos La sequía en Cuba nos afecta a todos, de una manera u otra. Pero como todo en este mundo, siempre hay quienes se afectan más, mucho más que otros, y casi siempre esos son mayoría.

Publicado en> http://cartasdesdecuba.com/la-sequia-que-nos-golpea/

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